{"id":38632,"date":"2007-02-09T12:10:34","date_gmt":"2007-02-09T12:10:34","guid":{"rendered":"https:\/\/mahmag.org\/nucleus-import\/?p=14"},"modified":"2007-02-09T12:10:34","modified_gmt":"2007-02-09T12:10:34","slug":"horacio-quiroga-a-la-deriva","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/mahmag.org\/archive-espanol\/horacio-quiroga-a-la-deriva\/","title":{"rendered":"Horacio Quiroga &#8211; A la deriva"},"content":{"rendered":"<div class=\"rightbox\"><img src='https:\/\/mahmag.org\/nucleus-import\/media\/5\/20070209-horacio.jpg' width='100' height='145' alt='Horacio Quiroga' \/><\/div>\n<p>\nHoracio Quiroga se naci\u00f3 en Uruguay el 31 de diciembre, 1878.  Su vida se plag\u00f3 por acontecimientos tr\u00e1gicos.  A los tres meses, se muri\u00f3 su pap\u00e1 en un accidente con un arma.  Despu\u00e9s, a los trece a\u00f1os, se suicid\u00f3 su padrastro, quien hab\u00eda sido un gran amigo de Quiroga.  Durante todo, todav\u00eda realiz\u00f3 sus estudios en Montevideo hasta completar el colegio secundario.  A los 22, se encontr\u00f3 con las escrituras de Edgar Allen Poe, quien era una influencia profunda en su vida.  <br \/>\n<!--more-->Sus obras m\u00e1s famosas son <i>Cuentos de amor de locura y de muerte<\/i> (1917) y <i>Los desterrados<\/i> (1926).  Ambos libros se tratan con animales antropom\u00f3rficos y el destino.  Se llegar\u00eda a ser conocido como el Poe de Am\u00e9rica Latina por sus obras a menudo l\u00fagubres y horr\u00edficas.  Tr\u00e1gicamente, se suicid\u00f3 en 1937 despu\u00e9s de beber un vaso de cianuro despu\u00e9s de descubrir que tuvo un c\u00e1ncer del est\u00f3mago.  Sin embargo, las obras maestras de Quiroga contin\u00faan viviendo hoy en d\u00eda.<\/p>\n<p>\n<b>A la deriva<\/b><\/p>\n<p>El hombre pis\u00f3 algo blancuzco, y en seguida sinti\u00f3 la mordedura en el pie. Salt\u00f3 adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacus\u00fa que, arrollada sobre s\u00ed misma, esperaba otro ataque.<\/p>\n<p>El hombre ech\u00f3 una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sac\u00f3 el machete de la cintura. La v\u00edbora vio la amenaza, y hundi\u00f3 m\u00e1s la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cay\u00f3 de lomo, disloc\u00e1ndole las v\u00e9rtebras.<\/p>\n<p>El hombre se baj\u00f3 hasta la mordedura, quit\u00f3 las gotitas de sangre, y durante un instante contempl\u00f3. Un dolor agudo nac\u00eda de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se lig\u00f3 el tobillo con su pa\u00f1uelo y sigui\u00f3 por la picada hacia su rancho.<\/p>\n<p>El dolor en el pie aumentaba, con sensaci\u00f3n de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sinti\u00f3 dos o tres fulgurantes puntadas que, como rel\u00e1mpagos, hab\u00edan irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Mov\u00eda la pierna con dificultad; una met\u00e1lica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arranc\u00f3 un nuevo juramento.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 por fin al rancho y se ech\u00f3 de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparec\u00edan ahora en la monstruosa hinchaz\u00f3n del pie entero. La piel parec\u00eda adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebr\u00f3 en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.<\/p>\n<p>-\u00a1Dorotea! -alcanz\u00f3 a lanzar en un estertor-. \u00a1Dame ca\u00f1a1!<\/p>\n<p>Su mujer corri\u00f3 con un vaso lleno, que el hombre sorbi\u00f3 en tres tragos. Pero no hab\u00eda sentido gusto alguno.<\/p>\n<p>-\u00a1Te ped\u00ed ca\u00f1a, no agua! -rugi\u00f3 de nuevo-. \u00a1Dame ca\u00f1a!<\/p>\n<p>-\u00a1Pero es ca\u00f1a, Paulino! -protest\u00f3 la mujer, espantada.<\/p>\n<p>-\u00a1No, me diste agua! \u00a1Quiero ca\u00f1a, te digo!<\/p>\n<p>La mujer corri\u00f3 otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre trag\u00f3 uno tras otro dos vasos, pero no sinti\u00f3 nada en la garganta.<\/p>\n<p>-Bueno; esto se pone feo -murmur\u00f3 entonces, mirando su pie l\u00edvido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pa\u00f1uelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.<\/p>\n<p>Los dolores fulgurantes se suced\u00edan en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parec\u00eda caldear m\u00e1s, aumentaba a la par. Cuando pretendi\u00f3 incorporarse, un fulminante v\u00f3mito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.<\/p>\n<p>Pero el hombre no quer\u00eda morir, y descendiendo hasta la costa subi\u00f3 a su canoa. Sentose en la popa y comenz\u00f3 a palear hasta el centro del Paran\u00e1. All\u00ed la corriente del r\u00edo, que en las inmediaciones del Iguaz\u00fa corre seis millas, lo llevar\u00eda antes de cinco horas a Tacur\u00fa-Puc\u00fa.<\/p>\n<p>El hombre, con sombr\u00eda energ\u00eda, pudo efectivamente llegar hasta el medio del r\u00edo; pero all\u00ed sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo v\u00f3mito -de sangre esta vez- dirigi\u00f3 una mirada al sol que ya traspon\u00eda el monte.<\/p>\n<p>La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y dur\u00edsimo que reventaba la ropa. El hombre cort\u00f3 la ligadura y abri\u00f3 el pantal\u00f3n con su cuchillo: el bajo vientre desbord\u00f3 hinchado, con grandes manchas l\u00edvidas y terriblemente doloroso. El hombre pens\u00f3 que no podr\u00eda jam\u00e1s llegar \u00e9l solo a Tacur\u00fa-Puc\u00fa, y se decidi\u00f3 a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hac\u00eda mucho tiempo que estaban disgustados.<\/p>\n<p>La corriente del r\u00edo se precipitaba ahora hacia la costa brasile\u00f1a, y el hombre pudo f\u00e1cilmente atracar. Se arrastr\u00f3 por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, qued\u00f3 tendido de pecho.<\/p>\n<p>-\u00a1Alves! -grit\u00f3 con cuanta fuerza pudo; y prest\u00f3 o\u00eddo en vano.<\/p>\n<p>-\u00a1Compadre Alves! \u00a1No me niegue este favor! -clam\u00f3 de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oy\u00f3 un solo rumor. El hombre tuvo a\u00fan valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogi\u00e9ndola de nuevo, la llev\u00f3 velozmente a la deriva.<\/p>\n<p>El Paran\u00e1 corre all\u00ed en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan f\u00fanebremente el r\u00edo. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro tambi\u00e9n. Adelante, a los costados, detr\u00e1s, la eterna muralla l\u00fagubre, en cuyo fondo el r\u00edo arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en \u00e9l un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombr\u00eda y calma cobra una majestad \u00fanica.<\/p>\n<p>El sol hab\u00eda ca\u00eddo ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofr\u00edo. Y de pronto, con asombro, enderez\u00f3 pesadamente la cabeza: se sent\u00eda mejor. La pierna le dol\u00eda apenas, la sed disminu\u00eda, y su pecho, libre ya, se abr\u00eda en lenta inspiraci\u00f3n.<\/p>\n<p>El veneno comenzaba a irse, no hab\u00eda duda. Se hallaba casi bien, y aunque no ten\u00eda fuerzas para mover la mano, contaba con la ca\u00edda del roc\u00edo para reponerse del todo. Calcul\u00f3 que antes de tres horas estar\u00eda en Tacur\u00fa-Puc\u00fa.<\/p>\n<p>El bienestar avanzaba, y con \u00e9l una somnolencia llena de recuerdos. No sent\u00eda ya nada ni en la pierna ni en el vientre. \u00bfVivir\u00eda a\u00fan su compadre Gaona en Tacur\u00fa-Puc\u00fa? Acaso viera tambi\u00e9n a su ex patr\u00f3n mister Dougald, y al recibidor del obraje.<\/p>\n<p>\u00bfLlegar\u00eda pronto? El cielo, al poniente, se abr\u00eda ahora en pantalla de oro, y el r\u00edo se hab\u00eda coloreado tambi\u00e9n. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el r\u00edo su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruz\u00f3 muy alto y en silencio hacia el Paraguay.<\/p>\n<p>All\u00e1 abajo, sobre el r\u00edo de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre s\u00ed misma ante el borboll\u00f3n de un remolino. El hombre que iba en ella se sent\u00eda cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que hab\u00eda pasado sin ver a su ex patr\u00f3n Dougald. \u00bfTres a\u00f1os? Tal vez no, no tanto. \u00bfDos a\u00f1os y nueve meses? Acaso. \u00bfOcho meses y medio? Eso s\u00ed, seguramente.<\/p>\n<p>De pronto sinti\u00f3 que estaba helado hasta el pecho.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 ser\u00eda? Y la respiraci\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p>Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo hab\u00eda conocido en Puerto Esperanza un viernes santo&#8230; \u00bfViernes? S\u00ed, o jueves&#8230;<\/p>\n<p>El hombre estir\u00f3 lentamente los dedos de la mano.<\/p>\n<p>-Un jueves&#8230;<\/p>\n<p>Y ces\u00f3 de respirar.<\/p>\n<p>FIN<\/p>\n<p>\n<a href=\"https:\/\/www.ciudadseva.com\/textos\/cuentos\/esp\/quiroga\/hq.htm\">Leer m\u00e1s cuentos de Quiroga<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Horacio Quiroga se naci\u00f3 en Uruguay el 31 de diciembre, 1878. Su vida se plag\u00f3 por acontecimientos tr\u00e1gicos. A los tres meses, se muri\u00f3 su pap\u00e1 en un accidente con un arma. Despu\u00e9s, a los trece a\u00f1os, se suicid\u00f3 su padrastro, quien hab\u00eda sido un gran amigo de Quiroga. 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